Esta es la historia de Sebastián
Sebastián era un niño muy pobre muy pobre muy pobre
Pero a la vez muy feliz muy feliz muy feliz
No estaba consciente ni de su pobreza, ni de su felicidad, para él todo lo que le rodeaba era su normalidad.
Salía todas las mañanas con un cubo en la mano, lleno de hallaquitas dulces, hallaquitas que la madre preparaba todas las noches porque ella durante el día limpiaba casas de otra gente que no eran, ante los ojos de Sebastián, tan hábiles como su mamá, porque ella podía limpiar la de ella y las de los demás en un día nada más.
Mientras amasaba las hallaquitas de noche, la madre de Sebastián siempre cantaba y cantaba.
Sebastián ayudaba a sus hermanitos pequeños con las tareas de la escuela, esas tareas que él sabía hacer a la perfección, porque ninguno había llegado al sexto grado que era hasta el último curso que Sebastián pudo estudiar, Sebastián se sentía orgulloso porque ya sabía todo lo que a ellos les enseñaban y esperaba que algún día ellos le superaran en el nivel porque gracias a él y a su esfuerzo podrían ir a la escuela para siempre.
Eso era lo que Sebastián quería, cuando se quedaba dormido en el autobús que le conducía al centro de la ciudad donde estaba el mercado donde trabajaba, Sebastián soñaba lo que deseaba para todos, quería tener a su mamá como una Reina, la Reina de su vida, merecía lo mejor, para sus hermanos siempre soñaba lo mismo: una cama para cada uno así no tendrían que dormir amorochados los 5 en la misma cama, 3 bates de béisbol con sus respectivas pelotas (así ninguno de los varones se pelearía por el del otro), para las niñas dos muñecas gigantes de esas que venían con tetero chupón y pañales, ah sí, eso también soñaba, pañales desechables para la nena más pequeña de la casa, un camión entero de pañales desechables a ser posible, así no amanecerían mojados más nunca y no estarían todo el día con ropas oliendo a pipí, ah pero si cada uno tendría su cama entonces ya más nadie amanecería mojado se repetía mientras se sonreía en el sueño... "despierta muchachito ya llegamos a la parada final"... esa voz, la de Moncho, el conductor, esa voz era la que siempre le despertaba en el autobús y en la vida, con esa voz volvía a la realidad, su realidad.
Durante el día Sebastián caminaba por todo el mercado, le daría quizas más de mil vueltas, pero nunca lo sabía con certeza porque el cansancio y el hambre sólo le permitían contar hasta 1000, a eso de las 2 de la tarde se sentaba y recordaba las palabras de su mamá que le decían que podía comerse una hallaquita si se le hacía muy tarde y no las había vendido todas, pero Sebastián aguantaba todo lo que podía porque sabía sumar lo suficiente para entender que vendiendo esa hallaquita ganaba lo que necesitaba para llevar varios platicos de comida a su casa y al ver que le quedaba poco, siempre, a las dos de la tarde, se sentaba y rezaba un padre nuestro, sí, un padre nuestro!, esa era su forma de llamar la buena suerte, y luego de ese padre nuestro se levantaba con la certeza de que le llegarían todos los clientes que necesitaba para venderlas todas y volver a casa.
Volvía a casa todos los días como a eso de las cinco, no tan tarde por temor a los malandros que siempre se despertaban con la oscuridad, eran algo así como vampiros, vampiros a los que Sebastián les tenía mucho miedo, vampiros que esperaban a todo el que se había levantado temprano como Sebastián para ir a trabajar duro para que pagaran lo que ellos consideraban un peaje, un pago por vivir en esa zona, protegido por ellos, había muchos días en los que Sebastián lograba escaparse de ellos porque vendía todo muy pronto y llegaba a casa temprano, pero cuando no era así, él pagaba sin defenderse, porque sabía que en ese, su cerro, su barrio, las reglas injustas como esas no las hacían los niños como él, los niños como él sólo las cumplían.
Llegaba a casa Sebastián, algunos días con más o menos dinero, pero siempre con lo suficiente para llevar la comida a la mesa, sus hermanos que iban a la escuela le esperaban con los libros abiertos para una nueva explicación, a aquellos que se quedaban en casa todo el día, porque no tenían edad para ir a la escuela, les volvía a repetir a diario como era que se tenían que encerrar y no hablar ni llorar ni nada para no alertar a algún vampiro de los que acostumbraban a despertarse de noche, pero que se despertaban durante el día con los llantos de niños, los niños dejaban que Sebastián hablara y repitiera cosas que le atormentaban a él y a su madre al dejarlos solos a diario: "si les tocan la puerta no abran, con fuego no se juega, no se acerquen a la cocina, no lloren,los vampiros se despiertan así, aún si se caen, no lloren, no jueguen, la televisión la ven sin bulla, la comida es la que dejamos en la mesa y si no hay comida algún día, no se me preocupen que yo llego al ratico" y así todos escuchaban, mientras Sebastián leía las tareas que les tocaban a los otros que sí salían a estudiar.
La madre de Sebastián llegaba a casa, cansada por tanto trabajo, pero se alegraba siempre al ver que todos sus hijos seguían allí, que nada les había pasado, les abrazaba y besaba uno a uno, les preparaba de comer y cuando todos dormían, excepto Sebastián porque él siempre terminaba enrollado en alguna tarea, ella se ponía a hacer sus hallaquitas dulces mientras cantaba, era aquel momento, con su madre amasando el futuro de todos, mientras entonaba canciones como nadie podía hacerlo, era justo aquel momento en el que Sebastián se sentía pleno y orgulloso por contribuir con esa madre a la que algún día haría Reina, porque eso era lo que soñaba en el autobús que le conducía al centro y todas las noches mientras dormía abrazado a sus hermanos en la misma cama.
Escrito para todos los niños que sueñan y son felices a pesar de las circunstancias.





